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La Nieve y el Lodo



El desierto premedita cada una de sus nevadas. En él hay ríos secretos, días calurosos, inviernos húmedos, lluvias torrenciales y también nevadas. Hay ciclos para las nevadas y la heladas. Es conocido que de padres a hijos, de abuelos a nietos, de tíos a sobrinos, han pasado de una generación a otra los tiempos con las que ocurren las lluvias en el Desierto de Chihuahua (y en Nuevo México). Hay ciclos de 7 años para lluvias intensas, basta preguntarle a cualquier ranchero o encargado de granja.

Casi nunca se habla del período que llevan las heladas y la nieve.

En estos diez años, con la puntualidad de dos años nuevos chinos, se registra de nuevo (más que la consecución de dos nevadas) el terrible frío de encontrarse a menos 10 grados. El frío de febrero 2020 por las mañanas lo recuerdo brutal por la necesidad de acudir a un trabajo en bicicleta y salir de la casa a las 6:30 de la mañana. Mis nudillos se encontraban lijados por el aire gélido que cortaba al andar en bicicleta. Solo estaba a menos dos grados. Encontrarme a menos diez tan solo lo recuerdo de hace diez años, exactamente para estas fechas, mientras ocupada un cuarto en la ciudad de Las Cruces.

Como muletas de la memoria, tengo notificaciones de fotografías capturadas en 2011 durante una intensa nevada que me tocó vivir en Nuevo México. Era entonces el comienzo de un Año Nuevo chino. En ese año empezó mi interés por registrar los años nuevos luego que en el otoño anterior conociera en la Universidad a una estudiante de China con la que conversé intensamente una noche. Fue anómalo que pusiera interés en ella, por encima de un grupo de latinoamericanos hablando en español sobre política y literatura. Por su plática descubrí la intensa competencia de los estudiantes chinos por hacerse de un espacio en las universidades estadounidenses. Me actualizó el escenario de algo que ya conocía por viejas noticias de la literatura china.

Podría llamarla Lin Ming. Cuando volví a verla obtuve una recompensa, me abrazó como se abraza a los amigos entrañables.

Ming hablaba con una celeridad que denotaba su fluidez casi nativa del inglés (noches después ese velo de fascinación caería al descubrir que también ella tenía detalles con el idioma). Me habló de sus padres que eran funcionarios en el gobierno de China. Pensaba más que en ciudades en provincias. Me contaba de los cientos y en ocasiones miles de aspirantes por estudiar en Estados Unidos y del exigente examen en cada una de las provincias. De cómo ella había sido afortunada, a pesar de terminar en una universidad de uno de los varios desiertos de Estados Unidos en aquel otoño.

En ese día  nevado de 2011 en Nuevo México, mientras recorría las calles de la ciudad y los pasillos de la Universidad, puse especial atención a los estudiantes asiáticos, en mi intento por descubrir en sus rostros el asombro, o un sentimiento general, por tener un año nuevo que había iniciado con una nevada.

Ahora en 2021 se espera que la temperatura llegue a menos nueve grados. Con la experiencia previa, me encuentro en mi departamento esperando que ocurra la crueldad que infringe el brutal frío sobre las tuberías de agua. No es improbable que se revienten las tomas del servicio de agua. Como hace una década. Y que inicie de nuevo el pánico y el caos en la ciudad, abarrotando ferreterías en busca de tubos de cobre, de tuberías de plásticos, en busca de acoples y alguien que sepa soldar una fuga de agua. Todo por no haber preparado con días de anticipación un forro en las tuberías con periódicos o con hule espuma impermeabilizante.

No añoro la nieve. No hay ese elemento mágico de descubrirla como en una novela de realismo mágico. La nieve es lodo.

Aunque también descubro que las únicas líneas decentes de ficción que he escrito recuerdan una improbable nevada en Ciudad Juárez que ocurrió mucho tiempo atrás. Quizá antes de que naciera. Tal vez unos antes después de que naciera. La frontera del tiempo se vuelve cada vez más brumosa.

En el otoño de esta temporada (en 2020) cayó la primera nevada. Fue a finales de octubre. En esa nevada punzó en mí desde varios frentes la sensación de un final. A sense of an ending. En aquella semana, días después de la nevada, descubrí la noticia de la muerte de una tía cercana. Cercana a mi madre, cercana a mí. Con esa tía hablaba por teléfono. Quedé en llamarle hace unos años. Nunca más podré hacerlo. Se ha quedado su número de Parral en mi celular. Así como el teléfono celular de mi madre. Un chip que posiblemente ahora ya se encuentre reciclado en otro equipo.

Pero la nieve no trae directamente la noticia de la muerte.

Por medio de venerables escritores tengo a la nieve en el campo de ideas del mismísimo infierno. Pienso en las penurias de estos escritores para terminar convencido de establecer el paralelismo. Acaso Dante tomó entre sus manos nieve mientras se encontraban en el exilio, nieve mezclada con lodo al recogerla del suelo, con la sensación de frío en sus manos. También pienso en Joyce y el Dublín en el que creció, sucio (así me imagino a Dublín hace 120 años, como ahora veo las calles del lugar donde vivo, prácticamente sin cambio). Joyce acepta la visión de Dante luego de ver nieve sobre un patio lleno de cachivaches y encontrar ahí la desesperanza humana. En ese momento ante la nieve y recordando a Dante, el escritor irlandés entiende que está condenado a ser un escritor, no al entender las metáforas de una tradición sino cayendo en la actividad humana que lo hace pensar en el escenario que tuvo que pasar un escritor previo para establecer una equivalencia de símbolos.

Había una sensación en esa última semana de octubre de 2020 como si algo estuviera terminando. Como si recibiera la noticia de una enfermedad terminal. Algo más pesado que el diagnóstico de ser positivo al Covid-19. Aunque también había la sensación como de encontrarme en ropa de oficina, un pantalón formal, una camisa blanca arremangada nerviosamente y una corbata mal anudada. Todo lo anterior puesto dentro de un bosque y con una pala vieja en mis manos.

En esa semana del año pasado sentía otros elementos para sentir con mayor intensidad un final. Alejarme aún más de ciertos familiares. Tener bajo control ciertos elementos de la familia dispuestos en una voluntad que dentro de la familia no han querido asumir.

Una sensación de final dentro de ese día que nevó fue mi viaje a una farmacia ubicada en el centro de la ciudad. Entré en la botica luego de ver en la calle dos patrullas con policías alrededor de un indigente con problemas mentales. En el interior conversé sobre ese incidente. El indigente y su situación con los elementos policiacos no es parte de los símbolos de la sensación de un final sino el hecho de estar en la zona centro mientras nevaba. En el interior de la farmacia quedó sobreentendido un adiós con el boticario.  En la calle se encontraban trabajadoras sexuales próximas a la tercera edad que por necesidad tenían que estar trabajando en ese día gélido y con nieve. También estaban los vendedores de burritos, que salvaban la mañana a quienes no habían desayunado y deseaban un alimento caliente. Intentaba echar a andar el vehículo que manejaba, con la chispa resbalando por el frío. La camioneta arrancó al segundo intento. Nevaba, de nuevo.